Corriendo
Rodeado de maleza, surge una puerta incrustrada en un monolíto de piedra, la puerta se abre lentamente, descubriendo una inmensa escalera.
Al bajar por aquella escalera hacia las entrañas de la Tierra, uno ve cosas extrañas, desquiciadas, retorcidas y peturbantes, más y más adentro, más y más nauseabundo.
El sendero no parece tener fin, caminando en aquel pútrido calabozo, tratando de correr hacia el final, si es que hay uno, hacia adelante, no pudiendo soportar las horrorosas imágenes de atrás, más y más, piso a piso.
Descendiendo al mismo infierno, los humanos que ahí habitan dejan de actuar cómo humanos, peor que bestias cuyas necesidades son las más sencillas y bajas. Seres retorcidos, completamente despiadados. La cordura perdiendo, la oscuridad devorando, los pasos son más desconfiados.
Una luz rojiza, apareciendo desde los recónditos más profundos de este abismo, brilla con intencidad demoniaca, rugiendo por libertad, espera a un incauto que la libere. Acercándose una pobre alma, la cuál debilitada por la demencia y la desesperación, tratando de escapar de ese lugar enfermo, suelta a la bestia, quien le ofrece una nueva vida.
Una vida de destrucción, muerte y felicidad.

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