Embriagado, avanzando a través de la oscuridad, desesperadamente agitando la linterna, rogando que la pila no haya muerto. No es cualquier droga que se pueda encontrar en los callejones de la ciudad, es algo más fuerte, más peligroso, más encantador, es un arma mortífera.
Tan poderoso es que puede mover montañas, quitarle terreno a los mares, conquistar los cielos, hacer la paz y nulificar el dolor, como así destrozar mentes, raciocinios, paredes, y cualquier cosa en su camino. Confunde y mata, estabiliza y da tranquilidad. Tan ambiguo como eso mismo, tan dulce como la miel, tan sofocante como un día de verano en el desierto. Nada se le opone, si se le resiste, se fracasa.
La oscuridad domina el camino tortuoso, pero la droga obliga a seguir avanzando, esbozando una sonrisa estúpida en la cara temiendo lo peor, el miedo es grande y las opciones son muchas. Tan terco, tan desolado, sigue avanzando el trayecto bajo la misma tonada.
La promesa de calor empuja todo.